Hoy se cumplen 40 años del fallecimiento de Borges y es recordado con un libro en La Plata
14.06.2026 18:39
Hoy, 14 de junio, se cumplen 40 años del fallecimiento del escritor argentino y de la Literatura Universal, Jorge Luis Borges (Ginebra, Suiza, 1986) y aquí en La Plata, hace unas semanas fue presentado un libro titulado Borges sobre Almafuerte, y uno de sus objetivos, precisamente, es recordarlo a cuatro décadas de su partida.
La obra fue presentada por el escritor, periodista a investigador histórico, Hugo Mársico, y tiene que ver con una conferencia que brindó Borges con relación a Almafuerte, a principios de los años 70, en el Círculo de Periodistas, y otros textos de actividades que tuviera el autor del Alhep en la ciudad de las diagonales.
El mismo fue editado en editorial SER- Servicop, con la ilustración de tapa de la artista plástica Valeria Corsiglia y la colaboración literaria de la escritora local María Belén Tassi; y puede ser ubicado en las librerías La Normal Libros de La Plata y City Bell Libros.
A manera de homenaje a Borges, el autor brindó a nuestro medio, el Prólogo de la obra, escrito por el periodista, escritor y académico, Lic. Reynaldo Claudio Gómez; y la introducción de la misma, realizada por la ex notaria, académica y escritora, Dra. Elvira Martha Yorio.
Ambos textos del libro Borges sobre Almafuerte, se transcriben a continuación:
PRÓLOGO
Por Reynaldo Claudio Gómez
Almafuerte por Borges
La lectura encadena otras lecturas. Una vez, allá lejos y hace tiempo, cuando a la salida de los diarios los periodistas íbamos a tomar un café, un amigo contó cómo elegía los libros que iba a leer.
Dijo que había acostumbrado su curiosidad a seguir una línea de continuidad. Explicó que ese camino estaba trazado por los libros que había leído anteriormente. Un dato, una cita, alguna recóndita mención alentaban su nueva búsqueda literaria.
Coincidimos en que esa personal manera de leer funcionaba para todos. La recomendación de lecturas es tan variada como versátil. Puede provenir de un conmovido tercero que desea compartir su experiencia y, asimismo, de cualquier manifestación artística. Y los libros son emergentes de esa humana manifestación.
Lo cierto es que, aunque esforzada, esa estrategia de lectura no es poco habitual.
Baste pensar en Lolita, donde Vladimir Nabokov despliega un complejo juego de referencias literarias (intertextualidad), que permiten a sus lectores un desafío de sumas narrativas. Annabel Lee de Edgar Allan Poe oficia de símbolo clave en la novela, ya que el primer amor de Humbert -según lo dice- fue Annabel Leigh. También Nabokov apela a Dolores de Algernon Charles Swinburne: El nombre real de Lolita, Dolores Haze, alude a este poema sutilmente relacionado con el dolor y el placer. Y, luego, Carmen, de Prosper Mérimée. Humbert llama a Lolita su "Carmen" en varias ocasiones. Al final de la novela: Humbert cita directamente Laeti et errabundi (Felices y errantes), de Paul Verlaine y expone: "Mon grand péché radieux" (Mi gran pecado radiante). Toma la esencia del poema para describir su desengañado reencuentro final con Lolita.
Esas obras y otras -acaso no descubiertas todavía- preceden la Lolita de Nabokov. Acaso sin ese expreso propósito acaban llevando al lector por una senda inconsciente que detiene circunstancialmente su paso -en este caso en Lolita- y prosigue hasta quién sabe qué infinito punto de lectura ¿final?
Para el agudo lector, el encuentro con el escalón que lo animará a subir al camino de una nueva lectura genera un estímulo de continuidad. Y para quienes abordan los libros solo por el mero placer de leer representa el descubrimiento de una guía íntima e inevitable.
Las precedencias de las obras son parte de las mismas obras que leemos. Al tiempo que las anuncia, las complementa y las completa. El hallazgo de cualquier sugerencia, explícita o implícita, oficiara de convocatoria a proseguir una senda directa o ramificada en innúmeras posibilidades de acceso a flamantes lecturas. Y, a la vez, hará más comprensible el escrito anterior. Es la maravillosa oferta de la Literatura.
Un procedimiento similar reconocemos en este espléndido ensayo de Hugo Mársico. El autor pone en clara evidencia, precisamente, ese juego de idas y vueltas.
Al examinar a Almafuerte a través de Borges, conocemos a Almafuerte y también a Borges, pero, también sus huellas, sus trayectorias, sus pasiones. ¿No están aquí presentes la Biblia y Nietzsche? ¿Oímos la musicalidad de la poesía que conmueve a estos dos autores? ¿Advertimos aquí la presencia de Evaristo Carriego, el íntimo patio cubierto de parras al final de la galería y las cordiales voces de la amistad? Sí, claro, aquí están, presentes, ante el desafío del paso del tiempo, que es un río en perpetuo movimiento. Mársico pone en evidencia así el-algoritmo-genético-de-los-lectores, una especie de árbol genealógico-literario, que empuja al lector a zonas impensadas.
En la ciudad de La Plata, Pedro Bonifacio Palacios "Almafuerte" es recordado como uno de los "Cinco Sabios", un sitial que ocupa junto con Florentino Ameghino, Juan Vucetich, Alejandro Korn y Carlos Spegazzini, considerados pilares del conocimiento y de la cultura local (El tiempo sumó a René Favaloro en esa prestigiosa categoría). Sin embargo, el caso de Almafuerte es particular. Almafuerte es también una mitología. Su impronta, su carácter, su personalidad impregnan la memoria de su figura barbada y rigurosa, de ojos furiosos y alma sensible.
Sabemos que Almafuerte fue poeta, periodista y maestro, además de insobornable funcionario público. Lo imaginamos severo, serio y, tal vez, melancólico. Docente nómade, creador de aulas y de sustento para los pobres. Encaramado en la nobleza de dar, despojado. Poco conocemos de sus lecturas, pero ¿no es acaso la experiencia una forma de lectura? ¿no es la conciencia una inspiración para la poética? ¿De qué otro lugar puede provenir su ambiciosa palabra, sino de un personal desamparo? Borges, al hablar de Almafuerte recoge eso: su vínculo vital con el tono de Almafuerte, una resonancia que lo perturba y lo conmueve. Un cantar que hechiza su espíritu.
El juicio de Jorge Luis Borges resulta más que una consideración sobre la obra de Almafuerte; resignifica el asombro vital del lector ante un descubrimiento. Más tarde, lo mismo les sucederá a otros lectores con la obra de Borges: accederán a la magia borgeana con la ingenua sorpresa con la que un chico accede al mecanismo que mueve su juguete. Habrá allí un motor hacedor de milagros. La lectura mueve las ansias.
Buena parte de este libro denota la afectación del autor, la fe que tiene en la lectura y la fascinación que estos personajes ejercen sobre él. Sin esas condiciones, este texto no sería más que una nueva reflexión, pero, sin embargo, tiene un brillo especial. Alumbra a los lectores en un procedimiento de exaltación y cordura, aniquila la neutralidad y habla del placer de encontrar a determinados escritores. No se trata de una valoración, de establecer quién es mejor que quién, sino de dedicar trabajo y emoción, en mismo grado, a quienes influyen en nuestras propias lecturas y dejan su huella.
De alguna manera, Mársico recupera la memoria del propio Borges ante la fuerza espiritual de Almafuerte y, sin decirlo, experimenta una sensación parecida y la escribe. El autor es un escritor, pero antes de eso es un lector agradecido.
En este texto, veremos a Borges recordar que "al oír, al sentir de esos versos, al dejarme llevar por ellos, sentí que el lenguaje, más allá de su valor de instrumento, podía ser una música y una pasión; y aquella noche yo oí por primera vez versos que no he olvidado desde entonces".
Y, después: "Todos los versos que yo aprendí después a gustar, versos de diversas lenguas y de diversos siglos, todos ellos fueron como una especie de reverberación de esos primeros versos en que la poesía me fue revelada; y luego, aunque llegara un día, que no llegará, en que yo me cansara de Almafuerte, sin embargo, no podré olvidar que la poesía, que ese ámbito misterioso de la poesía me fue abierto por la voz de Almafuerte".
Somos hijos de otros hijos; los libros también lo son. Los rastros germinales de esta virtuosa cadena son pura especulación. Tal vez el camino se inició en un grito, un llanto, un auxilio ¿cómo saberlo? Su prolongación merece el mismo enigma ¿quién será el último lector? Infinita serie de voces esperan a la vera de cada composición para engendrar a otra. Ahora, leemos a Almafuerte a través de Borges y escuchamos a Borges a través de Mársico. No hay ausentes, solo palabras a la espera de su turno.
INTRODUCCIÓN
Por Elvira Martha Yorio
A través del presente ensayo, Hugo Mársico se propone honrar a Almafuerte. La figura de Pedro Bonifacio Palacios, excelso poeta, periodista y uno de nuestros más preclaros pedagogos, no ha tenido la presencia que su inconmensurable legado moral e intelectual amerita. Mantuvo sus elevados principios en medio de una vida difícil desde sus inicios, que templó su carácter indómito exteriorizado en encendidos artículos periodísticos. Asumió de ese modo la voz de los desposeídos, los trabajadores, los indefensos, exhortándolos a mantenerse fieles a sus ideales y denunciando con valentía la corrupción.
Por eso, es excelente la idea de Hugo Mársico: rescatar la figura de Almafuerte a través del pensamiento de Borges. Dos personajes entrañables de nuestra cultura, dos escritores egregios, con estilos diferentes y bien definidos, en verdad inconfundibles, presentados en este magnífico ensayo en el que selecciona y comenta la clase magistral ofrecida por Borges hace décadas, en nuestra ciudad. Un hallazgo que generosamente comparte. Ante la proximidad del 40° aniversario de su muerte, lo regresa a través de las agudas apreciaciones, e inteligentes comentarios contenidos en esa disertación.
Borges, preferentemente dedicado a la literatura de la Grecia clásica, o a los autores anglosajones, detuvo su lúcida mirada en aquél, para analizar la enorme riqueza conceptual encerrada en esa obra, que resignifica con su enseñanza. Y al propio tiempo, elogia la sonoridad del verbo en esa poesía que no duda en calificar como infinita. Claro, su primer contacto con el temperamental escritor, se produjo en la infancia, esa época de la vida en la que las emociones se receptan en estado puro y por eso mismo, resultan mucho más intensas. A ese niño que fue, le valió nada menos que la revelación de "la" poesía a través del poema "El misionero", que le llegara en la voz de Carriego, el poeta entrerriano que frecuentaba su casa paterna. Así lo dijo alguna vez: "la capacidad estética de la palabra" se produjo en Carriego, "mediante los desconsuelos y éxtasis de Almafuerte". Cómo no iba a impactar en su propia sensibilidad, si está lleno de resonancias parecidas a las producidas por los instrumentos musicales. Cuando, transcurrido el tiempo, se volvió hombre, transitó otras etapas que modificaron su apreciación literaria, aunque evidentemente dejaron incólume esa emoción inicial que inauguraría su afición poética y vocación lírica.
Es muy interesante que Mársico nos ayude, con la guía de Borges, a delinear, comprender, revalorizar... la rica y compleja personalidad de Almafuerte. Desde luego que nada es casual en la vida del ser humano, y este hombre fue el precipitado de una serie de circunstancias que confluyeron para caracterizarlo como librepensador ateo que, sin embargo, alejado de todo dogma religioso, observó una elevada conducta moral, que su comentarista resalta.
Resulta particularmente atractiva la incursión filosófica de Borges cuando aborda la consideración de la ética a través del tiempo y la renovación del concepto que atribuye a Almafuerte. En primer lugar, el autor que cita, Ortega y Gasset, al afirmar que "la ética no tolera innovaciones", se contradijo a sí mismo, pues alguna vez aseguró que los valores no habían muerto, sino variado de rango, y ésa sea tal vez la variación que Almafuerte introduce en el tema del perdón, que previamente Borges desarrollara con su habitual brillantez. Destaca esa idea propia de Almafuerte como un nuevo enunciado y tal vez tenga razón. A medida que el perspicaz análisis de la disertación avanza, descubrimos la posibilidad de repensar otros acontecimientos vitales, como el éxito y el fracaso, esos dos grandes impostores de los que se burlara Kipling. Una vida desdichada puede, como dice Borges, hallar consuelo en la escritura. Recuerdo las conversaciones entre Vicente Zito Lema y Pichón Riviere, ellos convenían que hay una concepción del arte como "reparación" originada a partir del dolor y la depresión. Cualquier tipo de creación, decían, presupone una pérdida. ¡Y vaya si Almafuerte las sufrió! La poesía es una forma de canalizar la rememoración de nuestras tristezas y el gozo después de su superación. Un espejo de nuestro mundo interior, donde los otros también pueden reflejarse. Él volcaba sus sentimientos en textos exultantes o inflamados, que portaban algún mensaje, nunca fueron convencionales o vacíos de contenido. Oportuna la distinción que formula Borges respecto de otros poetas, a quienes no reconoce esa autenticidad. La perfección técnica que ostentaron autores como Lugones, carece de la sinceridad de Almafuerte.
Borges destaca que la fuerza vital de Almafuerte es tan poderosa, que consiente líneas imperfectas, que no se tolerarían en otro escritor. El escepticismo de Almafuerte no privó de grandeza a su escritura. Es exacto lo que Borges destaca al calificar a la poesía que analiza como perteneciente a la lírica, puesto que conmueve, aunque en ella campee un visceral pesimismo. Abrigamos la esperanza de que esa postura negativa, le haya servido de antídoto contra la desilusión. Todo lo que predica Borges de Almafuerte y nos llega hoy de la esclarecida mano de Hugo Mársico, permite una mejor comprensión de esos tres grandes escritores, que merced a este ensayo, sentiremos más cerca y nos serán propicios para la reflexión. Este ensayo revindica el pensamiento de un defensor de las causas nobles o como ha dado en llamársele "el poeta de la dignidad". Por cierto, una oportuna recordación.

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